
– ¿Por qué? -repuso Jens, sin alterarse-. ¿Quiere ganar, o no?
Gideon giró con tal brusquedad que obligó a Levinia a apartarse de un salto.
– Schmitt, dentro de una hora quiero que se vaya, y usted, detrás de él. Les enviaré la paga de la semana.
Harken saltó tras él y lo aferré del brazo.
– No tiene nada que ver con las velas de lona, los malos capitanes o el exceso de lastre. El señor Du Val tiene razón. Tiene que ver con la resistencia al avance. Los balandros con los que usted estuvo compitiendo tienen que abrirse paso a través del agua. Lo que necesita es una nave que se deslice sobre el agua. Yo puedo diseñarla.
Barnett giró con lentitud, con expresión de superioridad en el semblante:
– Ah, es usted. Oí hablar de usted.
Harken solté el brazo de Barnett.
– Supongo que sí, señor.
– Todos los clubes de yacht de Minnesota lo han rechazado.
– Sí, señor, y también algunos de la costa este. Pero algún día alguien me escuchará, y el que lo haga tendrá un barco que navegará en círculos en tomo al balandro más veloz que se haya construido jamás en el mundo.
– Bueno, muchacho, debo decir en su favor que tiene agallas, por más que resulte ofensivo. Lo que me gustaría saber es qué hace trabajando en mi cocina.
– Uno tiene que comer.
– Está bien, vaya a comer a cualquier otro sitio. ¡No quiero verlo nunca más por aquí!
Barnett salió a zancadas hacia el corredor, y la esposa corrió tras él, tirándole de la manga. La puerta se cerró.
– ¡Gideon, detente de inmediato!
El grito de la mujer se oyó con toda claridad en el comedor y Lorna vio que los invitados intercambiaban miradas incómodas. Como todo lo que sucedía se oía perfectamente, los invitados dejaron de comer y Lorna fijé la mirada en la puerta del pasillo.
– ¡Gideon, dije que te detengas!
