Como no le hizo caso, Levinia lo tomó por el codo y le obligó a detenerse. Con aire sufrido, Gideon cedió.

– Levinia, nuestros invitados esperan.

– ¡Ah, sí, a buena hora te acuerdas de los invitados, después de haberme convertido en blanco del ridículo ante ellos y los criados! ¡Gideon Barnett, cómo te atreves a desautorizarme ante mi propio personal doméstico! No toleraré que despidas a la señora Schmitt sólo porque estás ofendido con un miembro del personal. ¡Es la mejor cocinera que hemos tenido!

Le apretó la manga con tanta fuerza que, sin advertirlo, lo pellizcó.

El esposo hizo una mueca y lanzó un grito.

– ¡Ay! ¡Levinia, no podemos tener en el personal…!

– No podemos permitir que el personal presencie cómo pasas por encima de mis decisiones. Si piensan que no estoy a cargo de mi propia casa, el respeto hacia mí desaparecerá. ¿Cómo podré dar órdenes a los criados de mi cocina, entonces? Insisto en volver y decirle a la señora Schmitt que puede quedarse, y si no te gusta…

La discusión fue creciendo hasta que Lorna, sonrojada, ya no pudo quedarse quieta. "¿Qué les pasa a mamá y papá que se ponen a discutir en el pasillo de la cocina en mitad de una cena formal?", se preguntó.

– Permiso -dijo, en tono suave, y se levantó de la mesa-. Por favor, sigan comiendo.

En el mismo momento en que empujaba la puerta con ambas manos, se escuchó a Gideon:

– ¡Levinia, me importa un comino que…!

– ¡Mamá, papá! ¿Qué diablos ocurre?

Lorna se detuvo, con el entrecejo fruncido, mientras la puerta se cerraba tras ella.

– ¡Todos los invitados están con la vista fija en esa puerta y se remueven en los asientos! ¿No os dais cuenta que se oye cada palabra que decís? ¡No puedo creer que estéis discutiendo por el personal de la cocina! ¿Qué os sucede?

Gideon se colocó el suéter y asumió un aire de dignidad:

– En un momento, estaré ahí. Vuelve, invítalos a pasar al recibidor y toca algo en el piano, Lorna, por favor.



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