
El gentío del entoldado guardó silencio mientras el Aurora atravesaba calmadamente el cielo sobre el extremo norte del aeropuerto, cambiando de forma al bajar el tren de aterrizaje y extenderse los alerones. Se alineó con la pista y avanzó; descendió con rapidez, con el morro mantenido en alto y las ruedas extendiéndose tentativamente hacia el suelo, con el comportamiento característico de todos los aviones de gran velocidad en los últimos momentos del vuelo. El descenso continuó entre la destellante blancura de la pista, y Garrod se dio cuenta de que no era capaz de respirar.
—Nivélalo —susurró un hombre junto a Garrod—. ¡Por el amor de Dios, nivélalo, Wayne!
El Aurora prosiguió bajando con idéntico ritmo, golpeó la pista y dio un salto hacia el cielo, ladeándose. Pareció quedar suspendido durante un segundo, y entonces un ala se inclinó. El tren de aterrizaje del mismo lado se contrajo al volver a topar con el cemento, y la nave tocó la pista, volcó, se deslizó, se retorció.
Múltiples estampidos de cerrojos explosivos retumbaron junto con el aullido del metal cuando el Aurora se deshizo de las alas y su mortífera carga de combustible, dejando que el fuselaje resbalara y patinara por delante igual que una jabalina lanzada a un lago congelado. Ambas alas, aleteando en rutas separadas, se contorsionaron en el aire, y una de ellas explotó en un surtidor de fuego y humo negro. El fuselaje siguió deslizándose casi un kilómetro más, disipando su energía cinética en rociadas de ardiente metal antes de pararse de mala gana.
Hubo un momento de silencio.
Calma absoluta.
Muy lejos, al otro lado del aeropuerto, las sirenas comenzaron a sonar, mientras Garrod se hundía en su asiento. La cara del muchacho del Stiletto rojo oscilaba en su visión…; una cara de asombro, acusadora.
Garrod hizo que su esposa tomara asiento a su lado.
