La afligida voz de Vernon Maguire llenó repentinamente el entoldado.

—Eso es un piloto de pruebas. Lo ponemos a volar para hacer propaganda del Aurora y lo único que hace es esforzarse por encontrar defectos en los malditos mandos de vuelo.

Maguire se echó a reír, y la mayoría de hombres que estaban a su lado le imitaron. Garrod miró fijamente el cielo meridional hasta que vio al Aurora, reluciente como una estrella, un planeta, una luna diminuta que se transformó en una flecha plateada. Pasó ligeramente hacia el este del aeropuerto a unos trescientos metros, volando a baja velocidad, con el morro en lo alto.

—Estoy a punto de efectuar otro viraje a la izquierda. Después haré una pasada a baja velocidad sobre la pista principal, para demostrar las excelentes cualidades de manejo del Aurora en esta sección de la envolvente de vuelo.

La voz de Renfrew sonaba perfectamente normal y falta de énfasis, y la sensación de intranquilidad desapareció de Garrod. Miró a Esther y vio que había sacado una polvera y estaba empolvándose la nariz.

Ella notó la mirada de su marido e hizo una mueca.

—Una chica tiene que…

La voz de Renfrew surgió del altavoz; toda su somnolencia había desaparecido.

—Otra vez esa lentitud. No me gusta, Joe. Voy a…

Se produjo un fuerte clic al quedar interrumpida la conexión con el sistema de altavoces para el público. Garrod cerró los ojos y vio al Stiletto, el coche deportivo rojo que se acercaba cada vez más a gran velocidad.

—No se dejen arrastrar por la idea de que hay algún tipo de apuro —dijo tranquilizadoramente Maguire—. Wayne Renfrew es el mejor piloto de pruebas de la nación, y ha llegado a serlo mostrándose precavido y seguro. Si desean presenciar un aterrizaje perfecto, observen.



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