—Yo lo he hecho —dijo con una voz uniforme, a modo de conversación—. Yo he destruido ese avión.

2

El Centro de Cálculo Leygraf ocupaba un reducidísimo grupo de oficinas en uno de los más antiguos edificios comerciales del centro de Portston. Garrod se adentró en la densa zona de recepción, se aproximó a la mujer de rostro vulgar y aspecto de eficiencia que presidía el despacho y le entregó su tarjeta.

—Me gustaría ver unos minutos al señor Leygraf.

La recepcionista sonrió a modo de excusa.

—Lo lamento… El señor Leygraf está en una reunión, y si usted no está citado…

Garrod sonrió a su vez, y después miró su reloj.

—Son exactamente las cuatro y un minuto. ¿Cierto?

—Pues…, sí.

—Lo que significa que Carl Leygraf está sentado a solas en su oficina sorbiendo su primera bebida del día. La bebida es un aguado whisky con soda en un vaso alto y lleno de hielo, y yo mismo deseo algo parecido. Por favor, hágale saber que estoy aquí.

La mujer vaciló antes de hablar por un intercomunicador. Pocos segundos después, Leygraf surgió del despacho interior con un vaso bañado de humedad en su mano. Era un hombre delgado, descuidadamente vestido, prematuramente calvo y con preocupados ojos grises.

—Entra, Al —dijo—. Llegas justo a tiempo para tomar un trago.

—Lo sé. —Garrod entró en la oficina de Leygraf, una habitación plateada en la que complejos modelos matemáticos de alambre y cuerda ocupaban el lugar de ornamentos—. Me vendría bien un trago. Mi coche se enfadó conmigo a dos manzanas de aquí y tuve que abandonarlo y caminar. ¿Sabes algo de motores de turbina?

—No, pero explícame los síntomas y tal vez se me ocurra algo.

Garrod meneó la cabeza. Una de las cosas que le gustaban de Leygraf era que estaba preparado para interesarse por cualquier tema del mundo y sostener una conversación al respecto.



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