
Esther meneó la cabeza.
—No me gusta.
Garrod experimentó el inicio de una especie de desesperación.
—Esther, vas a ser la primera mujer en toda la historia de la raza humana que va a ver su cara como es en realidad. Mira hacia el vidrio, por favor.
Sostuvo el cristal rectangular ante ella.
—Eso es una tontería. Me he mirado al espejo…
—No es una tontería… Mírate. La razón por la que digo que ninguna mujer ha visto realmente su cara es que un espejo invierte el lado izquierdo y el lado derecho. Si tuvieras un lunar en la mejilla izquierda, la mujer que verías en el espejo tendría un lunar en la mejilla derecha. Pero con vidrio lento…
Garrod hizo girar el vidrio, y Esther contempló su propia cara. Su imagen persistió durante once segundos, moviendo la boca silenciosamente, hasta que la luz recorrió la estructura cristalina del material. A continuación, el rostro desapareció. Garrod esperó a que su esposa dijera algo. Esther sonrió lánguidamente.
—¿Se supone que debo estar impresionada?
—Francamente, sí.
—Lo siento, Alban.
Esther volvió a la ventana y se quedó contemplando la descendente panorámica de los prados. Al contemplar la silueta femenina, Garrod notó que los brazos pendían del cuerpo, con los codos ligeramente doblados. Recordaba de las clases de antropología que se trataba de una diferenciación normal del varón, cuyos brazos se esperaba que colgaran rectos, pero ese detalle hacía que la compacta forma de Esther pareciera, en la imaginación de Garrod, agresiva, en tensión para ejercer su control. Un pálido y frío principio de cólera empezó a arder en el interior de Garrod.
—Lo sientes… —dijo abruptamente—. Bien, yo también lo siento. Siento que no poseas la visión para comprender cuánto va a significar este material para nosotros y el resto del mundo en cuanto esté completamente desarrollado.
Esther se volvió para mirarle a la cara.
