
—No quería mencionar esto por la noche, ya que ambos estamos cansados, pero puesto que has mencionado el tema…
—Adelante.
—La semana pasada estuve hablando de cuentas con Manson y me dijo que planeabas unos costos de investigación y desarrollo superiores al millón para tu… vidrio lento. —Dedicó una triste sonrisa a su marido—. Te darás cuenta, claro, de que eso es indeciblemente disparatado.
—No veo por qué.
—No veo por qué —repitió burlonamente Esther— ¿Es que no ves que ninguna treta comercial vale tanto dinero?
—Lo siento por ti, Esther, de veras.
—No lo sientas. —Su voz fue ganando riqueza y calidez conforme mostraba la carta de triunfo que durante sus dos años de matrimonio había sido preparada con frecuencia pero jamás expuesta sobre la mesa—. Me temo que no puedo permitir que seas tan descuidado con el dinero de papá.
Garrod respiró profundamente. Había temido ese momento desde hacía días, pero precisamente cuando se hacía realidad notaba un curioso júbilo por poder desempeñar su papel en esa insignificante escena.
—¿Has hablado con Manson en los dos últimos días?
—No.
—Le daré una reprimenda de tu parte… No tiene éxito como espía comercial.
Esther levantó los ojos hacia su marido, repentinamente circunspecta.
—¿De qué estás hablando?
—Manson debería haberte informado de que esta semana he cedido en alquiler un par de patentes secundarias de Thermgard. Se hizo en secreto, desde luego, pero él debería haberse enterado.
—¿Eso es todo? Escucha, Alban, el hecho de que por fin te las hayas arreglado para ganar unos cuantos dólares en el acto no significa…
—Cinco millones —dijo Garrod, risueño.
—¿Qué?
El color había desaparecido del rostro de Esther.
—Cinco millones. He saldado cuentas con tu padre esta tarde. —Garrod observó cómo se abría la boca de su esposa, y una parte de su mente reparó en que aquel embobamiento, aquel asombro de blancos dientes hacía que su mujer pareciera más hermosa que en cualquier otra ocasión que él recordara—. Tu padre se quedó casi tan sorprendido como tú ahora.
