De pronto, se sentía completamente feliz; el incidente del Stiletto rojo había sido indeciblemente trivial. Otro vigilante les hizo señales para que entraran en la reducida zona de aparcamiento que se había creado al borde de la pista mediante cuerdas multicolores atadas a soportes portátiles, en consideración a los concesionarios. Garrod salió del coche y respiró profundamente, intentando llenar los pulmones con los colores pastel de la mañana. El ambiente era cálido, evocativamente adornado con tufos de keroseno.

Esther, extasiado, seguía mirando al Aurora, que asomaba más allá de un entoldado rojo y blanco.

—Las ventanillas parecen muy pequeñas.

—Sólo a causa de la escala. ¿Es un avión enorme, sabes? Estamos a más de cuatrocientos metros de distancia.

—Sigo pensando que parece un poco… miope. Es igual que un pájaro que forzase los ojos intentando ver.

Garrod la cogió por el codo y la guió hacia el entoldado.

—La cuestión es que tiene ojos, igual que una aeronave ordinaria. Por eso nuestro Thermgard fue tan importante para el proyecto: permitió a los diseñadores eliminar el peso y complejidad de los blindajes calorífugos usados en el tipo de TSS que está volando actualmente.

—Sólo estaba incordiándole, señor.

Esther abrazó juguetonamente el brazo izquierdo de Alban con los suyos mientras entraban en la sombra relativa del entoldado, y sus menudas y perfectas facciones adquirieron nuevas facetas al sonreír. Con una parte de su mente, Garrod notó que, una vez más, su acaudalada mujer se las había ingeniado para aferrar firme y obviamente su propiedad en el momento en que ambos iban a reunirse con un grupo de extraños; pero él no estaba de humor para poner reparos. Una sensación de nerviosismo empezó a crecer en su interior cuando un hombre alto, de cabello oro y plata, y con un rostro moreno y juvenil, avanzó hacia ellos abriéndose paso e empujones entre el gentío. Era Vernon Maguire, presidente de la Sociedad de Constructores de Aeronaves.



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