La ciencia es algo aún menos obvio. Empieza con una manzana que cae, una tetera que hierve. Alex Fleming, al echar una última ojeada a su laboratorio cuando se marchaba para pasar fuera un fin de semana largo, podría no haber visto nada significativo en la ventana entreabierta por la que se colaba el aire cargado de hollín de la estación de Paddington. Mientras se preparaba para reunir sus notas e iba a decirle a su ayudante que no tocara nada, que cerrara con llave la puerta, podría no haber advertido que la tapa de una de las placas de petri se había deslizado una fracción de centímetro. Su mente tendría que haber estado centrada en las vacaciones, en los encargos que tenía que hacer, en irse a casa.

Igual que la mía. Sólo era consciente de que Flip había arrugado concienzudamente todos los recortes y había hecho una pelota con ellos antes de meterlos en la papelera, y que no había forma de que pudiera sacarlos y alisarlos todos esta noche, y, como resultado, no sólo pasé por alto el primer acontecimiento de una cadena que conduciría a un descubrimiento científico, sino que estuve también a punto de perderme el segundo. Y el tercero.

Puse la papelera encima de la mesa, sellé la tapa con cinta adhesiva, coloqué un cartel que decía: «No tocar. Esto va por ti, Flip», y me dirigí a mi coche. A medio camino del aparcamiento, reflexioné sobre la capacidad de lectura de Flip, me di la vuelta, y regresé a mi oficina para recuperar la papelera.

El teléfono sonaba cuando abrí la puerta.

—¿Qué tal? —dijo Billy Ray cuando lo descolgué—. Adivina dónde estoy.

—¿En Wyoming? —pregunté. Billy Ray era un ranchero de Laramie con el que había salido hacía tiempo, cuando estudiaba los bailes regionales.

—En Montana. A mitad de camino entre Lodge Grass y Billings —lo que significaba que me llamaba desde su teléfono móvil—. Voy a echarles un vistazo a unas Targhees. Son de lo más auténtico.



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