
Supuse que también eran vacas. Durante mi fase de bailes regionales, lo que más se llevaba eran las Aberdeen Longhorns. Billy Ray es un tío muy majo y un compendio ambulante de modas country-western. Dos pájaros de un tiro.
—Voy a estar en Denver el sábado —dijo a través del chisporroteo que indicaba que su teléfono móvil empezaba a quedarse sin cobertura—, para un seminario sobre ranchos informatizados.
Me pregunté cuál sería el nombre y su acrónimo. ¿Ranchos Operativos Informatizados?
—Así que me preguntaba si podríamos comer juntos. Hay un nuevo restaurante de la pradera en Boulder.
Un restaurante de la pradera era lo último en cocina.
—Lo siento —dije, mirando la papelera de la mesa—. He tenido un contratiempo. Voy a tener que trabajar este fin de semana.
—Tendrías que introducirlo todo en tu ordenador y dejarle hacer el trabajo. Yo tengo el rancho entero dentro de mi PC.
—Lo sé —dije, deseando que fuera tan sencillo.
—Necesitas uno de esos escáners de texto —dijo Billy Ray; el zumbido era cada vez más insistente—. Así ni siquiera tienes que teclear.
Me pregunté si un escáner de texto podría leer papeles arrugados.
El zumbido se convertía en un estrépito.
—Bueno, quizá la próxima vez —dijo él, más o menos, y su voz se perdió.
Colgué mi teléfono fijo y recogí la papelera. Debajo, medio enterrados bajo los datos de mi investigación, estaban los libros de la biblioteca que tendría que haber devuelto hacía dos días. Los puse encima de la cinta adhesiva, aguantaron, y me los llevé junto con la papelera al coche; luego fui a la biblioteca.
Ya que me paso los días de trabajo estudiando modas, muchas de las cuales son completamente repulsivas, considero que es mi deber animar después del trabajo las modas que me gustaría que cundieran, como poner el intermitente cuando se cambia de carril, y la tarta de queso y chocolate. Y la lectura. Además, las bibliotecas son lugares magníficos para observar las modas en best-sellers y en gestión. Y en el vestir de las bibliotecarias.
