
—¿Qué hay esta semana en la lista de reservas, Lorraine? —pregunté a la bibliotecaria. Llevaba una camiseta con manchas blancas y negras con el lema COMPLETAMENTE FANTÁSTICA, y un par de pendientes blancos y negros de vacas Holstein.
—Llevada por el destino —dijo ella—. Todavía. La lista de reservas tiene un palmo de longitud. Eres… —contó en la pantalla de su ordenador—, la quinta en la cola. Eras la sexta, pero la señora Roxbury se ha dado de baja.
—¿De veras? —pregunté, interesada. Los libros normalmente están de moda hasta que sale una segunda parte y los lectores se dan cuenta de que les han tomado el pelo. Vean si no Oliver Story y Vals lento en Cedar Bend. Por eso la moda de Lo que el viento se llevó consiguió durar casi seis años, y por su culpa miles de desafortunados niños tuvieron que vivir con el nombre de Rhett, o peor todavía, Ashley. Si Margaret Mitchell hubiera sacado Vals lento en Tara Bend todo se habría acabado. Lo que me recordó que tenía que comprobar si había habido alguna merma en la popularidad de Lo que el viento se llevó desde la publicación de Scarlett.
—No pongas muchas esperanzas en Destino —dijo Lorraine—. La señora Roxbury se dio de baja porque dijo que no podía esperar y compró su propio ejemplar. —Sacudió la cabeza, y las vacas oscilaron de un lado a otro—. ¿Qué es lo que le ve la gente?
Sí, bien, ¿y qué veían en El pequeño lord, el meloso relato de Francés Hodgson Burnett sobre un niño pequeño de largos rizos que hereda un castillo inglés, allá por 1890?
Fuera lo que fuese, convirtió la novela en un éxito de ventas y luego, la película protagonizada por Mary Pickford (que ya tenía los rizos) inició la moda de los trajes de terciopelo y se convirtió en la pesadilla de una generación de niños pequeños a quienes sus madres cargaron de cuellos de organdí, rizos y pusieron por nombre Cedric aunque sin duda se habrían sentido contentísimos de poderse llamar Ashley.
