—¿Qué más hay en la lista de reservas?

—El nuevo John Grisham, el nuevo Stephen King, Angeles desde arriba, Mecido por las alas de los ángeles, Encuentros angelicales en la tercera fase, Ángeles junto a ti, Ángeles, ángeles por todas partes, Pon a trabajar por ti a tu ángel de la guarda y Angeles en el internado.

Ninguno de ésos contaba. El de Grisham y el de Stephen King eran sólo éxitos de ventas, y la moda de los ángeles llevaba en alza más o menos un año.

—¿Quieres que te ponga en la lista de espera de alguno de ésos? —preguntó Lorraine—. Ángeles en el internado es magnífico.

—No, gracias —contesté—. Nada nuevo, ¿eh?

Ella frunció el ceño.

—Creía que había algo… —comprobó en la pantalla de su ordenador—. La novelización de Mujer citas —dijo—, pero no.

Le di las gracias y regresé a los estantes. Cogí Bernice se corta el pelo de F. Scott Fitzgerald y un par de libros de misterio, que siempre plantean problemas sencillos y solubles del tipo «¿Cómo entró el asesino en la habitación cerrada?» en vez de difíciles como «¿A qué se deben las modas?» y «¿Qué he hecho yo para merecerme a Flip?»; luego pasé a la sección dedicada al siglo XIX.

Una de las modas más desagradables en el mantenimiento de las bibliotecas de los últimos años es la idea de que éstas deben «satisfacer las demandas de sus clientes». Esto significa tener docenas de ejemplares de Los puentes de Madison County y Danielle Steel, con la consiguiente falta de espacio en los estantes, que obliga a los bibliotecarios a purgar los libros que no han sido consultados recientemente.



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