
—¿Por qué estás expulsando a Dickens? —le pregunté a Lorraine el año pasado en la venta de libros de la biblioteca, agitando ante ella un ejemplar de Grandes esperanzas—. No puedes expulsar a Dickens.
—Nadie lo ha sacado —dijo ella—. Y si nadie saca un libro durante un año, hay que quitarlo de los estantes.
Llevaba una camiseta que decía UN OSITO DE PELUCHE ES PARA SIEMPRE, y un par de pendientes con gordos ositos.
—Es evidente que nadie lo leyó.
—Y nadie lo leerá jamás porque no estará aquí para que lo saquen —dije—. Grandes esperanzas es un libro maravilloso.
—Entonces es tu oportunidad para comprarlo.
Bueno, era una moda como cualquier otra, y como socióloga debería haber tomado buena nota para tratar de determinar sus orígenes. No lo hice, sino que empecé a sacar libros. Todos mis favoritos, que nunca sacaba porque ya tenía ejemplares en casa, y todos los clásicos, y todo lo que estuviera encuadernado en tela y alguien pueda querer leer algún día, cuando se acaben las actuales tendencias de sentimentalismo y sangre.
Ese día saqué La caja equivocada, en honor a los acontecimientos de la jornada, y como había visto por primera vez al doctor O'Reilly con las piernas asomando de debajo de un objeto grande, El mago de Oz, y luego me pasé a la B y busqué Bennett. El relato de las comadres no estaba (probablemente había acabado ya en la reventa de libros), pero al lado de Beckett estaba El camino de toda la carne, de Butler, lo que significaba que quizás El relato de las comadres estaba únicamente mal colocado.
Repasé los estantes, buscando algo antiguo, encuadernado en tela, e intacto. Borges; Cumbres borrascosas, que ya había sacado este año; Rupert Brooke. Las Obras completas de Robert Browning. No era Arnold Bennett, pero el tomo estaba encuadernado en tela y era grueso, y todavía tenía un anticuado bolsillo dentro con su tarjeta y todo. Lo cogí, junto con el Borges, y los llevé al mostrador.
