
—Ya me he acordado de qué más había en la lista de reservas —dijo Lorraine—. Un libro nuevo: Guía de las hadas.
—¿Qué es, un libro para niños?
—No —lo sacó del estante de las reservas—. Trata de la presencia de las hadas en nuestra vida cotidiana.
Me lo mostró. En la portada tenía un dibujo de un hada asomándose por detrás de un ordenador, y encajaba con uno de los criteros de la moda de libros: sólo contaba con ochenta páginas. Los puentes de Madison County tenía 192. Juan Salvador Gaviota tenía 93, y Adiós, Mr. Chips, muy de moda en 1934, sólo 84.
También estaba lleno de tonterías. Los títulos de los capítulos eran «Cómo ponerse en contacto con su hada interna», «Cómo pueden ayudarnos las hadas en el mundo corporativo» y «Por qué no hay que prestar atención a los incrédulos».
—Será mejor que me pongas en la lista —dije. Le tendí el Browning.
—No han sacado éste desde hace casi un año.
—¿De veras? —dije—. Bueno, pues ahora ya lo han sacado.
Y cogí mi Borges, mi Browning, y mi Baum y me fui a cenar al Madre Tierra.
ZAPATOS DE PUNTA RETORCIDA (1350–1480)
Zapatos puntiagudos de cuero blando o tela. Originarios de Polonia (de ahí su nombre francés poulaine; los ingleses los llamaron crackowes por Cracovia), o más probablemente traídos de Oriente Medio por los cruzados, se convirtieron en la locura de todas las cortes europeas. Las punteras se fueron sofisticando —rellenas de musgo, con forma de garra de león o pico de águila—, y se hicieron progresivamente más largas, hasta el punto de que era imposible caminar o arrodillarse sin pisárselas, y había que unirlas con cadenitas de oro o de plata a las rodillas para sujetar los extremos.
