Aplicada a las armaduras, la moda de las polainas resultaba enormemente peligrosa: los caballeros austríacos de la batalla de Sempach, en 1386, se quedaron clavados al suelo por sus alargados zapatos de hierro y se vieron obligados a cortar las puntas con la espada para que no los pillaran «plantados», como si dijéramos. Fueron desplazadas por el zapato de horma cuadrada, atado al tobillo y en forma de pico de pato, que no tardó en ensancharse hasta lo ridículo.


El Madre Tierra tiene comida aceptable y un té helado tan bueno que yo lo pido durante todo el año. Además, es un lugar magnífico para estudiar las modas. No sólo el menú está a la última (actualmente vegetariano muy variado), sino que también lo están sus camareros. Además, hay un kiosco fuera con todos los periódicos alternativos.

Los recogí y entré. La puerta y el vestíbulo estaban repletos de gente. El té helado tenía que estar poniéndose de moda. Me presenté a la camarera, que llevaba el pelo rapado estilo penitenciaría, pantalones de footing, y Tevas.

Ésa es otra moda, la de las camareras vestidas para no parecer ni de lejos camareras, probablemente para que no puedas encontrarlas cuando quieres la cuenta.

—¿Nombre y número de su grupo? —dijo la camarera. Sujetaba una tablilla con al menos veinte nombres.

—Una, Foster —dije—. Fumadores o no fumadores, lo que sea más rápido.

Se lo tomó a mal.

—No tenemos sección de fumadores —dijo—. ¿No sabe el daño que puede causarle el tabaco?

Normalmente si fumas te sientas más pronto, pensé, pero como ya parecía dispuesta a tachar mi nombre, dije:

—No fumo. Simplemente no me importa sentarme junto a gente que lo hace.

—El humo de segunda mano es igual de letal —dijo ella, y puso una X junto a mi nombre, lo que probablemente significaba que seguiría allí esperando después de que el infierno se congelara—. Ya la llamaré —dijo, poniendo los ojos en blanco, y desde luego esperé que eso no fuera una moda.



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