
—Tomaré el milhojas de coles y té helado.
—Ya no tenemos de eso.
—¿Coles?
—Té —abrió la carta y señaló la página de la derecha—. Nuestras bebidas están aquí.
Desde luego. La página entera estaba dedicada a ellas: café exprés, capuchino, café con leche, moca, café, cacao. Pero nada de té.
—Me gustaba su té helado.
—Ya nadie bebe té.
Porque lo habéis quitado de la carta, menú, pensé, preguntándome si habían aplicado el mismo principio que en la biblioteca, y si no debería haber comido allí con más frecuencia, o pedido más de un té cada vez, para salvarlo del hacha. También me sentía culpable porque, al parecer, me había pasado por alto el principio de una moda, o al menos una nueva etapa.
La moda del exprés lleva vigente unos cuantos años, sobre todo en la costa oeste y en Seattle, donde empezó. Un montón de modas han nacido en Seattle últimamente: bandas de garaje, el grunge, el café con leche. Antes, las modas solían comenzar en Los Ángeles y, aún antes, en Nueva York. Desde hace poco, Boulder muestra signos de convertirse en el nuevo centro de las modas, pero la llegada del café exprés probablemente tiene más que ver con las últimas consecuencias que con las leyes científicas de las modas. Con todo, deseé haber estado cerca para ver cómo sucedía y localizar su detonante.
—Tomaré un café con leche —dije.
—¿Sencillo o doble?
—Doble.
—¿Largo o corto?
—Largo.
—¿Chocolate o canela por encima?
—Chocolate.
—¿Semidulce o sin azúcar?
Me equivocaba cuando le dije al doctor O'Reilly que todas las modas requieren escasa habilidad.
Después de varias preguntas más, referidas a si quería terrones de azúcar blanco o azúcar moreno y leche desnatada o al dos por ciento, el camarero se marchó, y yo volví a los contactos.
