Pesaba una tonelada. Después de conseguir subir dos tramos de escaleras y recorrer cuatro pasillos, las razones de por qué la irresponsabilidad se había puesto de moda empezaron a resultarme muy claras. Al menos iba a ver una parte del edificio en la que normalmente no entraba, ni siquiera estaba muy segura de dónde se hallaba Biología, sólo sabía que se encontraba al fondo de la planta baja. Pero debía de ir bien encaminada: en el aire se notaba la humedad y el leve murmullo de un zoo. Seguí el sonido por otra escalera más y por un largo pasillo. La oficina de la doctora Turnbull estaba, naturalmente, al fondo.

La puerta estaba cerrada. Sostuve como pude la caja con los brazos, llamé y esperé. No hubo respuesta. Recoloqué la caja, sujetándola contra la pared con la cadera, y probé con el pomo. La puerta tenía echada la llave.

Lo último que quería era arrastrar la caja de vuelta a mi oficina y tratar de encontrar luego un frigorífico. Miré la fila de puertas pasillo abajo. Todas estaban cerradas y, presumiblemente, con llave; pero había una línea de luz bajo la del centro, a mano izquierda.

Volví a cargar con la caja, que se hacía más y más pesada por momentos, la llevé hasta la luz y llamé a la puerta.

No obtuve respuesta, pero cuando probé con el pomo, se abrió para dar paso a una jungla de videocámaras, equipo informático, cajas abiertas, y cables de seguimiento.

—Hola—dije—. ¿Hay alguien aquí?

Sonó un gruñido ahogado, y esperé que no proviniera de un inquilino del zoo. Miré la placa de la puerta.



8 из 197