—¿Doctor O'Reilly?

—¿Sí? —respondió la voz de un hombre desde debajo de lo que parecía un horno.

Lo rodeé y vi dos piernas enfundadas en pana marrón asomando de debajo, rodeadas de bastantes herramientas.

—Traigo una caja para la doctora Turnbull —dije en dirección a las piernas—. No está en su oficina. ¿Puede encargarse de ella?

—Déjela por ahí —dijo la voz, impaciente.

Busqué alrededor algún sitio donde dejarla y que no estuviera cubierto de equipo de vídeo o trozos de cable.

—Sobre el equipo no —dijo bruscamente la voz—. En el suelo. Con cuidado.

Aparté una cuerda y dos módems y solté la caja. Me agaché junto a las dos piernas y dije:

—Tiene una etiqueta de «perecedero». Hay que meterla en el frigorífico.

—Muy bien —replicó él. Apareció un brazo pecoso dentro de una manga blanca arrugada, que palpó el suelo alrededor de la base de la caja.

Había un rollo de cinta adhesiva más allá de su alcance.

—¿Cinta adhesiva? —dije, poniéndosela en la mano.

Su mano se cerró y luego se quedó allí.

—¿No quería la cinta? —busqué alrededor a ver qué otra cosa podía querer—. ¿Tenazas? ¿Destornillador?

Las piernas y el brazo desaparecieron bajo el horno y una cabeza sobresalió por el otro lado.

—Lo siento —dijo. Su cara era también pecosa, y llevaba unas gafas con cristales de culo de botella—. Creía que era la encargada del correo.

—Flip. No. Entregó la caja en mi oficina por error.

—No me extraña —salió de debajo del horno y se levantó—. Lo siento muchísimo —dijo, quitándose el polvo de encima—. No suelo ser tan rudo con la gente que intenta repartir cosas. Pero es que Flip…

—Lo sé —contesté, asintiendo.

Él se pasó la mano por el pelo pajizo.

—La última vez que me entregó una caja la dejó encima de uno de los monitores, y se cayó y rompió una videocámara.



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