
– Ya ha superado esas cosas. Y si no, ya es hora de que lo haga si quiere llegar a algún sitio con usted.
Lynley se encogió de hombros al pensar que tal vez el superintendente estuviera insinuando que la sargento Havers y él estaban destinados a ser un equipo permanente, unidos en un matrimonio de carreras del que nunca podría escapar. Buscó una forma de utilizar la decisión de su superior respecto a Havers como parte de un compromiso adecuado a sus necesidades. La encontró apoyándose en un comentario anterior.
– Respeto su decisión, señor, pero en cuanto a las complicaciones resultantes de haber movido el cadáver, St. James tiene más experiencia en el análisis de los escenarios de un crimen que cualquiera de la plantilla. Usted sabe mejor que yo que fue nuestro mejor hombre en el pasado y…
– Nuestro mejor hombre en el presente. Conozco el rollo, inspector, pero tenemos un problema de tiempo. No es posible darle a St. James… -un ladrido del inspector jefe Hillier le interrumpió, pero algo, sin duda la mano de Webberly sobre el auricular, impidió oír el resto de la conversación-. De acuerdo. St. James ha recibido la aprobación. Póngase en movimiento, vaya allí y encárguese de resolver el lío. -tosió, carraspeó y concluyó-. Todo esto no me hace más feliz que a usted, Tommy.
Webberly colgó al instante, sin conceder más tiempo para discusiones o preguntas. Sólo entonces se tomó un momento Lynley para meditar sobre dos curiosos detalles de la conversación. El superintendente no le había contado prácticamente nada del crimen, y era la primera vez en sus doce años de asociación que le llamaba por su nombre de pila. Desde luego un extraño motivo para inquietarse, pero por un instante Lynley se preguntó qué se ocultaba tras el asesinato de Escocia.
Cuando salió del gabinete y del salón, rumbo a sus aposentos del ala este de Howenstow, el nombre llamó por fin la atención de Lynley.
