
Se invirtieron. De atrás adelante. Jugar con las palabras. No era Joy Sinclair lo que había visto, sino Sinclair's Joy, el júbilo de Sinclair, un titular del dominical de un periódico, la clásica inversión del tipo a qué somos listos, seguida de la engañosa frase «Una Diana con Oscuridad y lanzada hacia éxitos mayores.»
Recordó que el titular le había sugerido la imagen de una atleta ciega camino de los juegos olímpicos. Y, dejando aparte el hecho de que había leído el artículo hasta descubrir que no se trataba de una atleta, sino de una autora teatral cuya primera obra había sido bien acogida por críticos y espectadores ávidos de una bocanada de aire fresco, y cuya segunda obra inauguraría el teatro Agincourt, no había averiguado nada más. Porque una llamada de Scotland Yard le había conducido a Hyde Park y al cadáver desnudo de una niña de cinco años, oculto entre los arbustos situados bajo el puente del Serpentine.
Era lógico que no hubiera recordado a la Sinclair hasta este momento. La visión desoladora de Megan Walsham, saber cuánto había sufrido antes de morir, había borrado cualquier otro pensamiento de su mente durante semanas. Vivió día a día poseído por la furia, durmiendo, comiendo y bebiendo su necesidad de encontrar al asesino de Megan, hasta que arrestó al tío materno de la niña, y luego tuvo que revelar a la desolada madre quién era el responsable de la violación, mutilación y asesinato de su hija menor.
En realidad acababa de cerrar el caso, agotado por los largos días y las noches aún más largas, deseando vivamente un descanso, una purificación espiritual que lavara la obscenidad del crimen y la crueldad de su alma.
