Pero no iba a ser posible. Al menos ni aquí ni ahora. Suspiró, tamborileó los dedos en la vitrina y fue a hacer la maleta.

El detective Kevin Lonan detestaba beber té en un recipiente. Siempre le provocaba una repulsiva imagen que le recordaba la espuma del baño. Por esa razón, cuando las circunstancias le obligaban a servirse su anhelado té vespertino de un mellado termo, resucitado de un rincón polvoriento del DIC de Strathclyde, sólo tomaba un sorbo antes de arrojar el resto a la insignificante franja asfaltada que hacía las veces de aeródromo local. Esbozó una mueca, se secó la boca con el dorso de la mano y se frotó los brazos para mejorar la circulación. Hoy el sol había salido y brillaba como una falsa promesa de primavera sobre los abombados amontonamientos de nieve, pero la temperatura continuaba a bastantes grados bajo cero. Y el espeso banco de nubes que venía desde el norte auguraba otra tormenta. Si el grupo de Scotland Yard se proponía aparecer, mejor que lo hiciera rápido como el rayo, pensó Lonan de mal humor.

Como en respuesta, la rítmica vibración de unas alas giratorias cortó el aire desde el este. Poco después, se divisó un helicóptero de la Real Policía Escocesa. Describió un círculo alrededor de la bahía de Ard-mucknish, inspeccionando el terreno en busca del lugar más apropiado y después se posó sobre un cuadrado de asfalto que una asmática máquina quitanieves había despejado media hora antes. Las aspas continuaron girando, levantando pequeños chorros de nieve de las masas que bordeaban el aeródromo. El ruido, daba dentera.

Una figura menuda y regordeta, embozada como una momia de pies a cabeza con algo que parecía una vieja alfombra de color pardo, abrió la puerta del acompañante. La sargento Barbara Havers, decidió Lonan. Dejó caer la escalerilla como si lanzara una escala de cuerdas por el costado de una cabaña de troncos, arrojó tres maletas que chocaron contra el suelo con un golpe sordo y luego saltó.



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