
Un hombre la siguió. Era muy alto, muy rubio, llevaba la cabeza expuesta al frío, un abrigo de cachemira bien cortado, bufanda y guantes, su única concesión a la temperatura glacial. Debía de ser el inspector Lynley, pensó Lonan, en quien el DIC de Strathclyde estaba particularmente interesado en este momento, considerando que su llegada había sido manipulada por Londres de principio a fin. Lonan vio que intercambiaba unas breves palabras con el otro oficial. La mujer indicó con un gesto la furgoneta, y Lonan supuso que irían a su encuentro, pero en lugar de ello se volvieron hacia la escalerilla, donde una tercera persona se las componía para descender poco a poco, entorpecida y dificultada por la pesada abrazadera que llevaba sobre la pierna izquierda. Como el rubio, no usaba sombrero, y su cabello negro (rizado, demasiado largo y de todo punto ingobernable) azotaba su pálido rostro. Sus rasgos eran afilados, excesivamente angulosos. Tenía el aspecto de un hombre que jamás pasaba por alto un detalle.
Ante esta aparición inesperada, el detective Lonan masculló en silencio unas palabras de estupor, y se preguntó si la noticia habría llegado a oídos del inspector Macaskin. Londres enviaba artillería pesada, el científico forense Simon Allcourt-St. James. El detective se apartó de la furgoneta y avanzó con paso decidido hacia el helicóptero, donde los recién llegados estaban devolviendo la escalerilla al interior y recogiendo el equipaje.
– ¿Ha pensado en el hecho de que mi maleta podía contener algo frágil, Havers? -preguntó Lynley.
– Así que se trae bebida estando de servicio, ¿eh? -fue la acida respuesta-. Si ha cogido whisky de casa, peor para usted. Es como llevarse carbón a Newcastle, ¿no cree?
– Suena como si hubiera esperado meses para utilizar esa frase. -Lynley dio las gracias al piloto con un ademán y un gesto mientras Lonan se acercaba.