
– Le oí hablar una vez en Glasgow -dijo sin preámbulos Lonan, estrechando la mano de St. James. Lonan percibió lo fina que era incluso a través del guante, aunque aferraba la suya con sorprendente fuerza-. Fue una conferencia sobre los asesinatos de Cradley.
– Ah, sí. Puso a un hombre entre rejas basándose en su vello púbico -murmuró la sargento Havers.
– Lo que es, como mínimo, metafóricamente falso -añadió Lynley.
Era obvio que St. James estaba acostumbrado a losduelos verbales de sus compañeros, porque se limitó a sonreír y dijo:
– Estuvimos de suerte al descubrirlo. Dios sabe que sólo contábamos con unas irreconocibles marcas de dientes en el cadáver.
Lonan ansiaba comentar todas las quijotescas tortuosidades de aquel caso con el hombre que, cuatro años antes, las había desvelado ante un estupefacto jurado. Sin embargo, cuando ya se disponía a dar una demostración de su aguda perspicacia, se acordó del inspector Macaskin, que aguardaba su llegada en la comisaría, armado de su proverbial y tensa impaciencia.
– La furgoneta está allí -dijo, dejando para otro momento su ingenioso comentario sobre la deformación de marcas de dientes conservadas en carne sumergida en formol.
Señaló con un gesto de la cabeza el vehículo policial y, mientras los visitantes lo miraban, los rasgos de Lonan expresaron una muda disculpa. No había pensado que vendrían tres, ni que St. James sería uno de ellos. De haberlo sabido, habría insistido en irles a buscar con un medio de transporte más adecuado, quizá el nuevo Volvo del inspector Macaskin, que contaba con asientos delanteros y traseros y una calefacción que funcionaba. El vehículo hacia el que les guiaba tenía sólo dos asientos delanteros, reventados hasta el punto de dejar al descubierto el relleno y los muelles, y una única silla plegable, encajada en la parte posterior entre dos equipos de análisis, tres trozos de cuerda, varias piezas dobladas de tela alquitranada, una escalerilla, una caja de herramientas y un montón de trapos grasientos. Era un engorro. De todos modos, si el trío de Londres se dio cuenta, no hizo el menor comentario. Se colocaron de una forma lógica, con St. James delante y los otros dos atrás. Lynley ocupó la silla, ante la insistencia de la sargento Havers.
