– No querría por nada del mundo que se ensuciara su bonito abrigo -dijo la mujer antes de dejarse caer sobre la tela alquitranada. A continuación, desenrolló unos centímetros de la bufanda que le protegía la cara.

Lorian aprovechó la oportunidad para echar un vistazo a la sargento Havers. «Estilo hogareño», pensó, inspeccionando sus facciones regordetas, cejas espesas y mejillas redondas. Era evidente que no se había ganado el derecho a estar en compañía tan eminente gracias a su físico. Decidió que debía de ser una especie de wunderkind [1] de la criminología, y consideró seriamente la posibilidad de vigilar todos sus movimientos.

– Gracias, Havers -le respondió con placidez Lynley-. Dios sabe que una mancha de grasa me reduciría a la inutilidad más completa en menos de un minuto.

– Pues celebrémoslo con un cilindrín -resopló Havers.

Lynley sacó una pitillera de oro, y se la tendió junto con un encendedor de plata. A Lonan el corazón le dio un vuelco. «Fumadores», pensó, y se resignó a una sesión de ojos escocidos y pulmones obstruidos. Sin embargo, Havers no encendió el cigarrillo, porque St. James, al oír la conversación, abrió su ventanilla y dejó entrar una corriente de aire helado que le golpeó en plena cara.

– Vale, ya sé de qué va la película -refunfuñó Havers. Se metió en el bolsillo seis cigarrillos, impávida, y devolvió la pitillera a Lynley-. ¿Siempre ha sido tan sutil St. James?

– Desde el día en que nació -replicó Lynley.

Lonan puso en marcha la furgoneta con una sacudida, y se dirigieron hacia la oficina del DIC de Oban.



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