
Una única energía regía la vida del inspector Ian Macaskin, del DIC de Strathclyde: el orgullo. Adoptaba una serie de formas diversas e independientes entre sí. La primera era de tipo familiar. Le gustaba informar a la gente de que había superado todas las circunstancias adversas. Casado a los veinte años con una chica de diecisiete, su matrimonio duraba ya veintisiete años, había criado dos hijos, y los había visto terminar la universidad y encauzar sus carreras, uno como veterinario y el otro como biólogo marino. Después, había el orgullo físico. Medía un metro setenta y cinco y pesaba lo mismo que cuando era un policía de veinte años. Conservaba su cuerpo en perfecta forma gracias a remar por el canal de Kerrera todas las noches de verano, y realizando un esfuerzo equivalente durante el invierno en la máquina de remar que tenía en el salón. Aunque su cabello había encanecido por completo hacía diez años, todavía era espeso, y brillaba como plata bajo los fluorescentes de la comisaría de policía. Y esta misma comisaría era su último motivo de orgullo. A lo largo de su carrera, nunca había cerrado un caso sin detener a un sospechoso, y dilapidaba considerables energías en asegurarse de que sus hombres pudieran decir lo mismo de ellos. Dirigía una rigurosa unidad de investigaciones cuyos oficiales pasaban revista a cada detalle como sabuesos tras la pista de un zorro. La energía nerviosa personificada se mordía las uñas hasta las raíces, y combatía esta mala costumbre chupando pastillas de menta, mascando chicle o devorando bolsas de patatas fritas. El inspector Macaskin no recibió al grupo de Londres en su despacho, sino en la sala de conferencias, un cubículo de tres por cuatro y medio, muebles incómodos, luz inadecuada y escasa ventilación. La había elegido a propósito.
No le gustaba nada cómo había empezado el caso. A Macaskin le gustaba clasificar, le gustaba poner cada cosa en su sitio, sin líos ni errores. Cada persona implicada debía interpretar el papel asignado. Las víctimas mueren, la policía interroga, los sospechosos responden y los chicos del laboratorio reúnen pruebas. No obstante, y sin contar a la víctima, por fortuna fallecida, los sospechosos interrogaban y la policía contestaba desde el primer momento. En cuanto a pruebas, la cosa era muy diferente.
