– Explíqueme eso de nuevo -la apacible voz del inspector Lynley contenía un tono implacable, y Macaskin adivinó que Lynley no había sido informado de las peculiares circunstancias que rodeaban su asignación al caso. Estupendo. El detalle decantó las simpatías de Macaskin por el detective de Scotland Yard en el acto.

Todos se habían quitado los abrigos y tomado asiento alrededor de la mesa de pino, excepto Lynley, que seguía de pie, las manos en los bolsillos y un destello amenazador acechando en sus ojos.

A Macaskin le complació repasar la historia de nuevo.

– Apenas hacía treinta minutos que había llegado a Westerbrae esta mañana cuando recibí un mensaje para que telefoneara a mi gente del DIC. El jefe de policía me informó de que Scotland Yard se iba a encargar del caso. Eso es todo. No le saqué ni una palabra más. Sólo instrucciones de dejar algunos hombres en la casa, volver aquí y esperarles. Según creo, un sabihondo de su organización decidió que ésta sería una operación del Yard. Se lo comunicó a nuestro jefe de policía y, para guardar las formas, colaboramos con una «llamada de auxilio». Ustedes son el resultado.

Lynley y St. James intercambiaron una mirada inescrutable.

– Pero ¿por qué movieron el cuerpo? -le preguntó éste.

– Parte de la orden -contestó Macaskin-. Muy extraño, si me permiten decirlo. Sellar las habitaciones, coger el equipaje y traerla para la autopsia después de que nuestro médico forense nos concediera el honor habitual de proclamarla muerta in situ.

– Un ejercicio de divide y vencerás -comentó la sargento Havers.



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