– Eso parece, ¿verdad? -replicó Lynley-. Strath-clyde se encarga de las pruebas materiales, Londres de los sospechosos. Y si alguien, donde sea, tiene suerte y no logramos comunicarnos de la forma apropiada, lo barre todo bajo la alfombra más cercana.

– ¿La alfombra de quién?

– Sí, ésa es la cuestión, ¿no? -Lynley bajó la vista hacia la mesa de conferencias y contempló las manchas que una miríada de tazas de café habían grabado sobre su superficie-. ¿Qué sucedió exactamente? -preguntó a Macaskin.

– La chica, Mary Agnes Campbell, descubrió el cadáver a las seis cincuenta de esta mañana. Llegamos allí a las nueve.

– ¿Casi dos horas?

– La tormenta de anoche cortó las carreteras, inspector -contestó Lonan-. Westerbrae se halla a ocho kilómetros del pueblo más cercano, y aún no habían despejado ninguna carretera.

– ¿Por qué, en nombre de Dios, vino un grupo desde Londres a una localidad tan remota?

– Francesca Gerrard, una señora viuda, propietaria de Westerbrae, es la hermana de lord Stinhurst -explicó Macaskin-. Es evidente que había forjado grandes planes para convertir su finca en un elegante hotel en el campo. Domina el lago Achiemore, y supongo que lo veía como el lugar romántico de vacaciones por excelencia, un refugio para recién casados, ya sabe -hizo una mueca, decidió que se expresaba como un agente de publicidad y no como un policía, y concluyó precipitadamente-. Lo ha redecorado un poco y, a juzgar por lo que he averiguado esta mañana, Stinhurst trajo a su gente para darle a su hermana la posibilidad de entrenarse antes de abrir al público.

– ¿Qué sabe de la víctima, Joy Sinclair? ¿Ha descubierto algo sobre ella?

Macaskin se cruzó de brazos, frunció el entrecejo y deseó haber recabado más información del grupo de Westerbrae antes de que le ordenaran marcharse.

– Muy poco. Es la autora de la obra que iban a empezar este fin de semana. Una dama que ha escrito algunas cosas, según me dijo Vinney.



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