– ¿Vinney?

– Un periodista. Jeremy Vinney, crítico de teatro del Times. Parece que tenía bastante intimidad con la Sinclair, y en mi opinión estaba más afectado por su muerte que todos los demás. Muy extraño, también, si se paran a pensarlo.

– ¿Por qué?

– Porque su hermana también se encuentra allí, pero mientras Vinney no paraba de exigir una detención a cada minuto, Irene Sinclair no tenía nada que decir. Ni siquiera preguntó cómo habían asesinado a su hermana. Ni le importaba, si quieren mi opinión.

– Muy extraño -comentó Lynley.

– ¿Ha dicho que hay más de una habitación implicada en el caso? -intervino St. James.

Macaskin asintió con la cabeza. Se acercó a una segunda mesa, apoyada contra la pared, y recogió varias carpetas y un rollo de papel que desplegó sobre la mesa, revelando un más que preciso plano de la casa. Era extraordinariamente detallado, considerando las prisas que le habían impuesto en Westerbrae por la mañana, y sonrió con auténtico placer ante su obra concluida. Sujetó los extremos con las carpetas para que no se doblara y señaló la parte derecha.

– La habitación de la víctima está en el lado este de la casa -abrió una carpeta y echó un vistazo a sus notas antes de proseguir-. A un lado de la suya se hallaba la habitación correspondiente a Joanna Ellacourt y a su marido… David Sydeham. Al otro había una joven… Aquí está. Lady Helen Clyde. Es la segunda habitación que hemos sellado -alzó la vista y vio la sorpresa reflejada en los rostros de los tres-. ¿Conocen a esta gente?

– Sólo a lady Helen Clyde. Trabaja conmigo -respondió St. James, y miró a Lynley-. ¿Sabías que Helen iba a marcharse a Escocia, Tommy? Creí que pensaba irse a Cornualles contigo.

– Se excusó del viaje el lunes por la noche, así que me fui solo -Lynley contempló el plano de la casa, tocándolo, meditativo, con los dedos-. ¿Por qué han sellado la habitación de Helen?



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