
– Déjeme que lo invite a un café -dijo ella-. Es lo menos que puedo hacer.
– De ninguna manera -él estudió el menú-. Tengo hambre y no me gusta comer solo. Elija algo.
– Sí, señor.
– Lo siento. Estoy acostumbrado a dar órdenes, y es una costumbre que me cuesta romper.
Ella eligió y él llamó a la camarera. Después de pedir dijo:
– Mi nombre es Carson Page.
– Y el mío es Gina Tennison. Le agradezco lo que ha hecho, señor Page. Tiene razón acerca de mis maniobras. Y debí tener cuidado, puesto que me acaban de arreglar el coche…
– Debería demandar al taller. Búsquese un buen abogado.
– No lo necesito. Bueno, es difícil ser un abogado convincente en un taller lleno de mecánicos -dijo ella-. Da igual lo buen abogado que seas, hacen lo que quieren, porque creen que eres solo una mujer tonta que no sabe nada de coches.
Él no contestó, pero sus labios se torcieron.
– Venga, dígalo -lo desafió.
– ¿Hace falta?
Ella se rió, y él también. La risa lo transformó, suavizando los rasgos duros de su cara. Pero enseguida se desvaneció su risa. Daba la impresión de que la alegría lo hacía sentir incómodo, y que necesitase protegerse contra ella.
En reposo, su cara estaba llena de tensión. Tenía los ojos oscuros y con ojeras, y pequeñas arrugas alrededor de la boca. Aquel era un hombre que vivía en tensión, pensó ella, y tuvo la impresión de que sus nervios debían de estar a punto de estallar.
Era difícil adivinar su edad. Treinta y tantos, quizás. Se movía con facilidad, lo que sugería juventud. Pero lo envolvía un aire de gravedad que hacía que su breve e inesperada sonrisa fuera un placer.
– ¿Así que es abogada? ¿Dónde trabaja? ¿Por aquí?
– Sí. Trabajo con Renshaw Baines.
