
Él la miró con curiosidad. Le extrañaba encontrar alguien contento con lo que le había tocado.
– ¿Qué tipo de enfermedad? -preguntó él amablemente.
Ella agitó la cabeza.
– Ya he hablado demasiado de mí. Por favor, no quiero hablar más.
Afortunadamente, él no insistió. La ponía nerviosa el estar hablando con un cliente de Philip Hale, aunque hubiera prometido mantener el secreto.
A Gina le había costado conseguir lo que tenía. Renshaw Baines no era el despacho de abogados más importante de Londres, pero tenía un nombre de primera clase y había mucha gente que quería trabajar en él. Ella se sentía orgullosa de que sus jefes la valorasen.
Tenía veintiséis años. Era modestamente guapa, pelirroja, piel blanca y una figura delgada. Su verdadera belleza radicaba en un par de ojos color esmeralda.
Pero poca gente había visto lo adorable que podía ser. Las circunstancias de su vida le habían enseñado el valor que tenía la precaución y el no llamar la atención. En el trabajo se vestía discretamente, e incluso cuando salía no le gustaba sobresalir. Tenía un trabajo que la hacía valorarse, más un novio que era como unas zapatillas viejas. Y se sentía satisfecha.
Sonó el móvil de Page y lo atendió. Era Harry, que estaba en el taller.
– Dicen que necesitará un motor nuevo ese montón de chatarra para poder salir a la carretera. Y que eso costará bastante -dijo Harry.
– Diles que hagan lo que sea necesario -dijo Carson sin dudarlo.
– Mire, jefe, no hace falta que le compre un motor nuevo a esa mujer…
– Hazlo -dijo Carson Page bruscamente, y colgó-. Están trabajando en su coche -le dijo a Gina.
– ¿Está muy mal?
– No tiene nada que no se pueda arreglar.
– ¿Va a costarle mucho?
– Eso ya es otra historia. Olvídelo.
– Pero…
– He dicho que lo olvide. Tendrá su coche funcionando, pero yo pensaría que podría permitirse tener uno mejor, si es abogada.
