
– No hace mucho que estoy en la profesión. Pero supongo que ahora podría pensármelo.
– Debería hacerlo. Por el bien de todos -dijo él gravemente, pero la miró con amabilidad.
– Pensará que soy una loca, pero me va a dar pena decirle adiós a mi «cacahuete». Ha sido un buen amigo y es triste pensar que yo iré para arriba y para abajo, y que el pobre estará esperando que lo destripen en un desguace.
– Todavía no. Cuando se lo entregue el taller, podría vendérselo a otro loco.
– Eso es cierto -dijo ella, más animada-. Y quizás lo amen como yo -ella pinchó la ensalada, que había llegado mientras estaban hablando.
Carson la miró fascinado mientras comía su sándwich. Luego reflexionó que, aunque no se consideraba un sentimental, había aceptado pagar por algo que era culpa suya solo en parte.
¿Y por qué? Porque le gustaba verla sonreír. No se le ocurría otra explicación.
Después se sintió idiota por perder el tiempo en aquel lugar con aquella chica. Tenía mejores cosas que hacer que escuchar sus tonterías. ¿O no?
De pronto él contrajo sus cejas y se restregó los ojos.
– ¿Se encuentra bien? -le preguntó ella-. ¿Tiene dolor de cabeza?
– No -contestó él rápidamente.
Era cierto que le dolía la cabeza, pero le pasaba tan a menudo, que él no le dio importancia.
– A mí me parece que sí.
– Quizás un poco.
Ella tenía una cara amable, y, por un momento, él estuvo tentado de contarle acerca de los desastres que lo amenazaban. Tal vez le fuera fácil contarle a aquella extraña acerca de la soledad de su vida después de que la mujer a la que había amado se hubiera transformado en una egoísta y en una calculadora.
Hasta podría contarle acerca del dolor por su hijo, el pequeño del que una vez había estado tan orgulloso, pero que se había transformado en un ser desventajado y digno de lástima. Podía sentir compasión por el niño, y amor desgarrador, pero no orgullo.
