
A pesar de todo, en el largo y tórrido verano de 1938, la violencia disfrutaba, insensible, de un cierto renacimiento ario.
1. Viernes, 26 de agosto
– Igual que un jodido cuco.
– ¿Qué?
Bruno Stahlecker levantó la vista del periódico.
– Hitler, ¿quién va a ser?
Se me encogió el estómago al sentir que se me venía encima otra de las profundas analogías de mi socio sobre los nazis.
– Sí, claro -dije con firmeza, deseando que esa muestra incondicional de comprensión le haría desistir de una explicación más detallada. Pero no hubo suerte.
– Apenas acaba de arrancar al polluelo austríaco del nido europeo y ya parece que el checoslovaco corre peligro -dijo, y golpeó el periódico con el dorso de la mano-. ¿Has visto esto, Bernie? Movimientos de tropas alemanas en la frontera de los Sudetes.
– Sí, ya me imaginaba que hablabas de eso.
Cogí el correo de la mañana y, sentándome, empecé a mirarlo. Había varios cheques y eso ayudó a calmar mi irritación contra Bruno. Aunque parecía difícil de creer, estaba claro que ya había bebido. Normalmente a solo un paso de ser monosilábico (lo cual prefiero, porque yo también soy un tanto taciturno), el alcohol siempre hacía que Bruno se volviera más charlatán que un camarero italiano.
– Lo raro es que los padres no se dan cuenta. El cuco sigue echando a los otros polluelos y los padres adoptivos siguen alimentándolo.
– Quizá confían en que cerrará el pico y se largará -dije con intención, pero Bruno era demasiado insensible para enterarse. Eché una ojeada al contenido de una de las cartas y luego volví a leerla, más despacio.
– Lo que pasa es que no quieren enterarse. ¿Qué hay en el correo?
– ¿Qué? Ah, algunos cheques.
– Bendito sea el día que nos trae cheques. ¿Algo más?
– Una carta. Anónima. Alguien quiere que me reúna con él en el Reichstag a medianoche.
