
La rubia de repente dejó de mirar el dibujo que estaba estudiando, sus ojos castaños líquidos observaron a Chloe. En su acento español curiosamente duro, comentó
– Dentro de poco tiempo será una gran belleza. Se parece a usted.
Nita echó un vistazo a Chloe ocultando ese desdén enfermizo.
– No veo ningúna semejanza, señora. Y ella nunca será una belleza hasta que aprenda a empujar bien lejos su tenedor.
La clienta de Nita levantó una mano compensada hacia abajo con varios anillos chillones e hizo gestos hacia Chloe.
– Ven aquí, querida. Ven y da un beso a Evita.
Por un momento Chloe no se movió mientras trataba de absorber lo que la mujer había dicho. Entonces se levantó con indecisión de su silla y cruzó el salón, de manera vergonzosa enseñando las pantorrillas gorditas que mostraba bajo el dobladillo de su falda del verano de algodón. Cuándo alcanzó a la mujer, se inclinó y depositó un beso de compromiso pero sin embargo agradecido en la mejilla suavemente fragante de Eva Perón.
– ¡Ramera fascista! -Nita Serritella silbó más tarde, cuando la Primera Dama de Argentina salió por las puertas principales del salón. Se colocó una boquilla de ébano entre los labios para retirarlo bruscamente, dejando una mancha escarlata en el borde.
– ¡Se me revuelven las entrañas al tocarla! Todos saben que no hay un nazi en Europa que no pueda encontrar refugio con Perón y sus compinches en Argentina.
Los recuerdos de la ocupación alemana de París estaban todavía frescos en la mente de Nita, y no sentía nada más que desprecio por los partidarios nazis. Aunque, era una mujer práctica, y Chloe sabía que su madre no veía sentido en despreciar el dinero de Eva Perón, por ensangrentado que estuviera, de la calle de la Paix a la avenida Montaigne, dónde reinaba la casa Dior.
