Tras aquello, Chloe guardó fotografías de Eva Perón de los periódicos y las pegaba en un álbum de recortes de pastas rojas. Siempre que las críticas de Nita llegaban a hacerla realmente daño, Chloe miraba las fotos, con alguna mancha ocasional de chocolate en las páginas cuando recordaba cómo Eva Perón le había dicho que sería una gran belleza algún día.

El invierno de sus catorce años, su grasa milagrosamente desapareció junto con los dientes de leche, y los huesos legendarios de Serritella finalmente se definieron. Se pasaba horas mirándose en el espejo, embelesada por la imagen alta y delgada delante de ella.

Ahora, se decía, todo será diferente. Desde que ella podía recordar,siempre se había sentido como una paria en la escuela, pero de repente se encontró en el interior del círculo. No entendía por que las otras chicas ahora se sentían atraídas por su nuevo aire de confianza en sí misma, además de su estrecha cintura. Para Chloe Serritella, la belleza significó la aceptación.

Nita pareció complacida con su pérdida de peso, así que cuándo Chloe fue a casa a París para sus vacaciones de verano, encontró el valor para mostrar sus dibujos a su madre, de algunos vestidos que había diseñado con la esperanza de algún día llegar a ser una couturiere ella misma.

Nita ordenó los dibujos en su mesa de trabajo, cogió un cigarrillo, y diseccionó cada uno con el ojo crítico que la había hecho un gran diseñadora.

– Esta línea es ridícula. Y la proporción es desastrosa. ¿Ves cómo has arruinado éste con demasiados detalles? ¿Dónde está tu ojo, Chloe? ¿Dónde está tu ojo?

Chloe arrebató los dibujos de la mesa y nunca trató de dibujar otra vez.

Cuándo volvió a la escuela, Chloe se dedicó a llegar a ser más bonita, más ingeniosa, y más popular que cualquiera de sus compañeras de clase, determinó que nadie sospecharía jamás que una chica gorda difícil vivía todavía dentro de ella.



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