Me resultaba un suplicio entonces, cuando yo era normal, esto de visitar a mis amigas recién paridas o con niños chicos y escucharlas, ver cómo se transformaban en unas estúpidas baboseando palabras inexistentes, con pronunciaciones definitivamente desagradables y acústicamente perversas. Hoy debo resistir que me hablen así a mí. Nos tratan igual a Trinidad y a mí. Las dos niñas de la casa. Y estoy obligada a escucharlo todo, no puedo siquiera interrumpir, no tengo siquiera opción.


Me duele la cabeza permanentemente. Todo me irrita. Me agredo y me agredo. El no hablar hace que las sensaciones, cada una de ellas, se vayan para adentro. ¿Cómo explicar la tensión que esto produce? Siempre estoy llena, yo, llena de todo lo que veo, de lo que pienso, de mí misma.

Alguien describió mi estado actual como una vida en tono menor. No es eso. La estridencia de la nada -esta nada- lleva definitivamente a tonos mayores.


Me proponen trabajos manuales de distintos tipos, para que me distraiga, para que use mi energía, para que mate mi tiempo. Soy torpe con las manos. Probablemente termine bordando o algo de esa índole. Tejer no puedo, se me confunden las cuentas de los puntos.

Tuve la mala educación de ser atraída sólo por cosas de la mente.


Vivo en la reflexión permanente. Muchos gestos mecánicos -que antes fueron mecánicos- deben ahora reflexionarse. Eso me cansa. Nunca antes se me ocurrió que la ausencia de mecanicidad podría producir tanto cansancio y que la reflexión sobre lo que no se reflexionaba pudiese resultar tan extenuante.

La bulla aumenta mi irritación. La bulla interfiere los pensamientos, no deben caminar juntos en mí. No puedo pensar sino en silencio. Una cosa o la otra. O la bulla o el pensamiento.

Y la furia. Y yo que era tan suave. Llega, me toma, me palpita el corazón, me tiemblan las manos. Me ofusco, ofuscación por cualquier cosa, más aún si me pilla desprevenida. La furia me acomete cuando, olvidando lo que ha pasado, creo que puedo actuar como antes. Entonces mi cerebro se preocupa de recordármelo. La furia.



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