
Yo no conocí esa palabra antes.
Me han traído al fonoaudiólogo. Me advierte que tengo un año para mejorarme, que la curva de mejoría en estos casos -raros, por cierto- se detiene a los doce meses, así de preciso. Me lo repite: si no avanzo, será éste el estado en que permaneceré. Una carrera contra el tiempo, cada día de los doce meses son cruciales, debo ganarle al tiempo y mejorar, mejorar todo lo posible, llegar a esa mínima meta: la de poder comunicarme. No es que este pobre señor me mienta y me diga que me curaré, no. ¿Pero doce meses? ¿Quién dijo que me importa el mañana? ¿Quién dijo que estaré viva en doce meses? O dicho con exactitud, ¿quién dijo que me importaría estar viva en doce meses más? ¿Y quién se ha arrogado el poder de decidirlo por mí? ¿Me ha hecho alguien la pregunta?
¿Le habrán explicado al fonoaudiólogo que me puede venir otro ataque de un minuto a otro y que toda su planificada curva de mejoría se haría pedazos? ¿Que es esa la amenaza real que pende de mi cuello?
Es un hombre joven, menor que yo. De él se desprende una seriedad a toda prueba, la diversión no parece ser parte de su oficio. Usa trajes oscuros, casi siempre es el mismo, uno café. Brilla un poco. Bajo la chaqueta, un chaleco gris abotonado. Más bien estrecho el chaleco.
Su cara, casi lampiña, es rosada. Y pálida como la cera los días de más frío. Sus manos parecen las de una mujer, cortas, finas, de uñas bien recortadas. Su olor a after-shaving es el mismo que he olido mil veces en mil lugares. Pulcro él. Pienso sorprendida que habrá mujeres que se enamoran de hombres así. Como dice Honoria, a nadie le falta Dios. Me humilla cuando abre su maletín y saca cartones con signos y figuras enormes, como casas o manzanas. Me pregunta si distingo lo que son. ¿Me creerá estúpida? Me dan ganas de llamar a mi hija para que le enseñe a ella, que aún nada sabe. Dudo que yo aprenda algo. Tampoco me muero de ganas de aprender, de re-aprender. De partir de cero.
