Vivo en la melancolía de la expresión más virginal, como si se pudiese volver a partir.


* * *


– Sus propios pensamientos le hicieron volar la cabeza a la señora -fue el diagnóstico de Honoria. Sofía se ríe y yo también.

Honoria tiene toda la razón.


El éxito era el mandato principal de la familia. Y en eso estaba yo, tratando de cumplirlo con toda naturalidad, cuando conocí a Victoria y se me empezó a trastornar la vida.

Fue todo tan simple.

Mí título de profesora estaba guardado en el cajón de la antigua cómoda de caoba, regalo de matrimonio de mi abuela. La pelusa de polvo que cubría ese cartón universitario lo decía todo. No lo necesitaba para ganarme la vida ni para acreditarme ante nadie. ¿Sabes cuántos títulos igual a ese hay en el país, sabes lo poco que vale?, preguntaba Juan Luis irónico, olvidando, parece, la responsabilidad que le cabía en su adquisición. De todos modos, los trabajos que yo hacía eran todos ligados a la beneficencia, nunca fueron remunerados. En mi familia los hombres eran todos solventes y sus esposas no debían inquietarse con el tema.

Para ser precisa, toda esta historia empezó por Sofía.

Sofía había tocado lo que durante años más amé: mi hermano Alfonso. Era mi cuñada favorita y fue ella quien llegó a pedir ayuda. Necesitaba sacar adelante a un niño de diez años que padecía problemas de aprendizaje. La familia del chico no tenía medios para pagar ayuda especializada.

– ¿Y quién es este niño?

– Es hijo de una amiga mía, ex paciente -Sofía era sicóloga-. Me interesa especialmente su caso, por eso me atrevo a molestarte.



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