Fue cuando él aún estaba en el internado que decidió casarse con Luz, novia reciente, compañera de curso mío en el colegio. Recuerdo bien el día que Alfonso me comentó: de puro caliente, Blanca, sólo por eso me casé, me moría por acostarme con ella y no había otra forma de hacerlo sino casándose. Si me hubiese dado la oportunidad de desahogarme a tiempo, habría tenido las antenas más despejadas. Y también recuerdo que al oírlo me perturbé: no estaba habituada a hablar de sexo con nadie, menos con mis hermanos.

Dice haber convivido con Luz en una rutina intrascendente y poco divertida -la que vive casi toda la humanidad, acota Sofía- y que le resultó superior a su resistencia. Los clichés siempre tienen un fondo de verdad: Alfonso era distinto. No creo que su matrimonio difiriese mucho del resto de los de la familia, pero él no lo aguantó y lo rompió.

A pesar de lo unidos que éramos, ninguno logró saber cuáles fueron sus pasos durante los años siguientes. Nos llegaba todo tipo de rumores desde la vasta vida social que acumulábamos entre todos. No le faltaron mujeres a Alfonso. Mamá decía sin pudores lo buen partido que era y yo pensaba que su ternura debía enamorar a cualquiera. Pero ninguna de ellas fue llevada a la casa materna a almorzar un día domingo.

Hasta que apareció Sofía.

No era lo que la familia esperaba ni respondía al molde de las mujeres que la formábamos.

Sofía usaba colonias de hombres y no había filtro entre su pensamiento y su palabra. Le gustaba la ropa de patchwork, los cuadros de su living eran de Samy Benmayor antes que se hiciera famoso e incitaba a sus pacientes a leer a Fuguet. Se tomaba la profesión en serio y las formas bastante en broma. Trabajaba en un hospital -donde conoció a Alfonso-, además de su consulta. Cosa rara para mí: se ganaba la vida y no necesitaba el dinero de Alfonso.



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