
¿Quien, entonces, sino Sofía tendría jamás la posibilidad de presentarme a alguien como Victoria?
* * *
Esa tarde toqué el timbre a las cinco en punto, como le prometiera a Sofía. Unos grandes ojos oscuros me succionaron en el umbral de la puerta.
– ¿Tú eres Blanca?
Me hizo gracia ese tú, como si no mediaran casi treinta años entre él y yo. Mis hijos trataban de usted a los mayores y les decían tío o tía, los conociesen o no, nunca los nombres de pila.
Era una casa de madera, chica y pareada, en un pasaje con muchas iguales al final de la Avenida Grecia. Desde la puerta ingresé directamente a un especie de living-comedor. Al fondo se divisaba la cocina con su puerta abierta. Había un cierto olor a comida en el aire. Mis pies echaron de menos una alfombra en el contacto con el helado piso de flexit. Me arrimé automáticamente a la estufa de parafina.
– ¿Quién más está en la casa?
– Nadie.
– ¿Cómo? ¿Estás sólo?
– Sí -respondió el niño con naturalidad.
– ¿Y tu mamá?
– Está trabajando, vuelve como a las siete.
– ¿Y quién te cuida?
– Ella.
No pregunté más. Nos instalamos en la mesa del comedor. Bernardo acarreó su bolsón, sacando libros y cuadernos. Conmovedor fue su silencio mientras yo revisaba su trabajo, tratando de hacer una especie de diagnóstico.
