Era mayor que él, opinaba de política en la mesa sin comulgar precisamente con nuestras ideas, y más encima cargaba con «uno de estos apellidos modernos», como recalcó mamá. Una self-made woman. Sencillamente no tenía nada que ver con ninguna de nosotras. Esto indignó a Luz y, vengativa, se negó terminantemente a firmar la nulidad, a pesar de la suculenta pensión que recibía de Alfonso. Sofía estaba a favor de una ley de divorcio y opinando que la nulidad era una perversidad jurídica y que se cagaba en ella -esas fueron sus palabras-, ante nuestro estupor, se fue a vivir con Alfonso sin firmar contrato alguno.

¿Quien, entonces, sino Sofía tendría jamás la posibilidad de presentarme a alguien como Victoria?


* * *


Esa tarde toqué el timbre a las cinco en punto, como le prometiera a Sofía. Unos grandes ojos oscuros me succionaron en el umbral de la puerta.

– ¿Tú eres Blanca?

Me hizo gracia ese tú, como si no mediaran casi treinta años entre él y yo. Mis hijos trataban de usted a los mayores y les decían tío o tía, los conociesen o no, nunca los nombres de pila.

Era una casa de madera, chica y pareada, en un pasaje con muchas iguales al final de la Avenida Grecia. Desde la puerta ingresé directamente a un especie de living-comedor. Al fondo se divisaba la cocina con su puerta abierta. Había un cierto olor a comida en el aire. Mis pies echaron de menos una alfombra en el contacto con el helado piso de flexit. Me arrimé automáticamente a la estufa de parafina.

– ¿Quién más está en la casa?

– Nadie.

– ¿Cómo? ¿Estás sólo?

– Sí -respondió el niño con naturalidad.

– ¿Y tu mamá?

– Está trabajando, vuelve como a las siete.

– ¿Y quién te cuida?

– Ella.

No pregunté más. Nos instalamos en la mesa del comedor. Bernardo acarreó su bolsón, sacando libros y cuadernos. Conmovedor fue su silencio mientras yo revisaba su trabajo, tratando de hacer una especie de diagnóstico.



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