– ¿Por qué tienes un chupete en el bolso?

Me sorprendí. Había dejado la cartera abierta, como siempre, al sacar mi lapicera y asomaba un ridículo dulce rosado.

– Es para mi hija.

– ¿Cómo se llama?

– Trinidad.

– Qué raro el nombre. No tengo ninguna compañera en la escuela que se llame así.

Seguí mirando los cuadernos. Él volvió a interrumpirme.

– ¿Dónde haces clases?

– En ninguna parte. El sorprendido fue él.

– ¿No eres profesora?

– Sí, pero no hago clases.

– Entonces, ¿no trabajas?

Titubié. ¿Cuál era la respuesta correcta? Me había agrupado con algunas amigas en torno a mi parroquia y trabajábamos en las poblaciones, armando talleres para enseñarle a sus mujeres a ganarse la vida. Mis estudios de pedagogía me resultaban un apoyo y me gustaban los talleres, pareciéndome irrelevante ganar o no un sueldo por ello.

– En realidad, no trabajo como otras mujeres lo hacen. Quiero decir que no tengo horarios ni obligaciones diarias. Pero sí hago muchas cosas.

– Pero tienes tiempo libre si estás aquí a esta hora.

(Sofía, la única mujer de la familia que trabajaba en serio, vivía con mucha culpa el abandono que hacía de su casa. Al final, yo estaba fuera de ella tanto como Sofía de la suya, pero el que mi quehacer no fuese remunerado le quitaba ese ingrediente a mi ausencia. Era el sólo hecho de no ser pagada lo que me evitaba la culpa.)

Logré hacerme una idea de la situación del niño, doliéndome el abismo percibido entre él y los que me rodeaban.

– Partiremos con tu escritura… -no dije en voz alta que parecía la de un niño de seis-. ¿Qué materia te resulta más difícil?

– Todas.

– ¿No estudias?

– No, me carga. Prefiero jugar a la pelota con los cabros del pasaje.

– De acuerdo -reí-, a todos les pasa lo mismo. ¿Cómo te fue el año pasado?



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