
Estuve varios días en la clínica, siempre tendida, llena de tubos, aislada. Me hicieron infinitos exámenes y todo fue nebuloso. A veces entraba Sofía con los ojos enrojecidos, también otros miembros de mi familia, pero yo continuaba en este largo letargo y sólo los miraba. Dicen que lloraba, pero debe haber sido algo puramente físico pues yo no recuerdo la pena. Mi hermano Alfonso no se separó de mi lado. Lo escuchaba desde lejos hablando de médico a médico con los señores del pabellón y me hablaba a mí como si hubiésemos vuelto a la infancia. Yo cerraba los ojos y me dormía con su voz.
Al final me enfrentó el neurólogo. Alfonso conmigo, como el testigo. Me explicó: que un accidente vascular, un infarto cerebral, que un minúsculo coágulo había llegado al cerebro, que unas células muertas en el lóbulo parietal izquierdo. Mostró radiografías y estas células constituían una mancha no más grande que una moneda. Comentó que mi ataque no era común, que no se entendía su origen, que la presión no se me había alterado. Dijo algo sobre los lóbulos y las áreas de comprensión y de expresión. Sólo esta última había sido afectada, la primera estaba intacta. Entonces escuché por vez primera aquella palabra: afasia.
Eso fue cuanto ocurrió.
Me transformé en una muda.
Cuando salí de la clínica, mientras todos hacían lo imposible por entender esta enfermedad, Sofía me dijo como si recién despertara.
– ¡La escritura, Blanca! Es una buena idea… podrías comunicarte con nosotros escribiendo.
La miré esperanzada mientras traía los implementos. Tomé ese lápiz, lo acaricié, lo apreté, lo retuve, pero escurridizo siguió de largo, siguió solo, sin mi dirección. Las letras no aparecían, aunque las pensaba en mi mente.
