
Consciente de que no recibiría disculpa alguna, no estaba dispuesta a seguir perdiendo el tiempo, así que decidió ser ella la que rompiera aquel silencio.
– Se porta muy bien -dijo acariciando el pelo de Noah. Y cruzando los dedos, añadió-: No causará ningún problema.
– Ya he oído eso antes de otras mujeres que me han entregado a su bebé y luego se han marchado, dejándome solo con la responsabilidad de cuidarlo -protestó Lewis, y se levantó de su mesa.
Aquello no iba bien. Martha suspiró. Gilí le había dicho que Lewis Mansfield era ingeniero y que dirigía su propia compañía. Además se estaba ocupando de cuidar al hijo de su hermana. No le había dicho claramente que él estuviera desesperado, pero Martha se había imaginado que así sería. Sin embargo, bastaba una mirada a Lewis Mansfield para comprender que en absoluto estaba desesperado.
Pensó en San Buenaventura y esbozó una sonrisa. Ese era su motivo para estar allí.
Decidió sentarse en uno de los sofás de cuero negro, sin esperar a que se lo ofreciera. Noah pesaba mucho y estaba cansada.
Colocó a Noah junto a ella, haciendo caso omiso a la cara de horror de Lewis. Pero, ¿qué pensaba que Noah podía hacer a su sofá? ¿Llenarlo de babas? Tan sólo tenía ocho meses.
– Gilí me ha dicho que lleva unos meses cuidando al bebé de su hermana. Que se marcha una temporada a una isla del Océano índico con la niña y necesita a alguien que le ayude a cuidarla. Gilí sugirió que yo podría hacerme cargo de ella y así evitarle problemas durante su viaje.
– Es cierto que necesito una niñera -reconoció Lewis-. Savannah, mi hermana, está pasando una mala época. Se le hace difícil cuidar del bebé y más ahora que quiere ingresar en una clínica para recuperarse -añadió, como si Martha no estuviera al tanto de la azarosa vida sentimental y del actual divorcio de su hermana, del que informaban al detalle las páginas de Hello
