
Martha sabía de todo aquello. En su trabajo en Glitz tenía que leer Hello y esa costumbre había sido imposible de dejar. No podía reprochar a Lewis el tono de disgusto en su voz. Savannah Mansfield era toda una belleza, pero Martha intuía que seguía siendo una chiquilla mimada que cada vez que no se salía con la suya, pataleaba. Su matrimonio con la estrella de rock Van Valerian, que no era conocido precisamente por su buen carácter, había sido sentenciado desde el mismo momento en que anunciaron su compromiso en las portadas de las revistas, luciendo ostentosos anillos de diamantes.
Ahora Savannah iba a ingresar en una clínica famosa por su clientela, celebridades que, a juicio de Martha, acudían a ella para poder soportar la presión de ser tan ricos. Mientras, la pequeña Viola Valerian había sido abandonada por sus padres y dejada a cargo de su tío.
Martha sintió lástima por ella. Lewis Mansfield parecía una persona responsable, pero en absoluto alegre y cariñoso. Era un hombre atractivo. Seguro que si sonriera, tendría otro aspecto. Estudió su boca tratando de imaginárselo sonriendo o en actitud cariñosa. Sintió un escalofrío en la espalda y rápidamente desvió la mirada.
– ¿Quién cuida actualmente de Viola? -preguntó, en un intento por alejar sus pensamientos.
– La misma niñera que se ha ocupado de Viola desde que nació, pero se va a casar el año que viene y no quiere estar lejos de su novio tanto tiempo -dijo. Finalmente añadió-: Necesito alguien que tenga experiencia con bebés y esté dispuesto a pasar seis meses en San Buenaventura.
Por el tono de su voz, Lewis parecía molesto por el hecho de que aquella mujer no estuviera dispuesta a alejarse del hombre al que amaba.
