– ¡Soy su chica! – dijo Martha alegremente, feliz de que por fin hubiera mencionado el motivo de la entrevista-. Usted necesita una persona que sepa cuidar de un bebé. Yo sé hacerlo. Busca a alguien que esté dispuesto a pasar seis meses en San Buenaventura. Yo quiero ir allí y estar seis meses. Yo diría que nos necesitamos mutuamente, ¿no?

Lewis la miraba con recelo. Estaba siendo demasiado locuaz.

– Usted no tiene aspecto de niñera -dijo él al cabo de un rato.

– Las niñeras de hoy en día no son aquellas regordetas y sonrosadas matronas de antes.

– Ya veo -contestó secamente. Estaba claro que él esperaba encontrar una mujer mayor que estuviera dispuesta a permanecer con la familia durante generaciones y que se dirigiera a él como señorito Lewis.

Ahora que lo pensaba, ¿cómo era que los Mansfield no tenían a una persona así? No sabía mucho sobre ellos, pero siempre había pensado que esa famosa familia era muy rica, de las que organizan fiestas inolvidables, viven intensos romances y disfrutan de la vida sin hacer nada de provecho. Hasta que vio a Lewis. Quizás él fuera la oveja negra.

– Que no llevemos moño no quiere decir que las niñeras actuales no sepamos cuidar perfectamente a los niños -dijo orgullosa y miró a Noah, que golpeaba el sofá con su mano regordeta.

– Ya lo veo -dijo Lewis sin mucha convicción, mientras miraba de reojo al bebé.

Martha buscó en la amplia bolsa que llevaba y sacó un sonajero con el que distraer a Noah. Este lo tomó y lo agitó, haciéndolo sonar. Aquel sonido siempre le divertía y le hacía sonreír dulcemente. Era tan adorable… ¿Cómo podía alguien resistirse a la ternura de un bebé?

Miró a Lewis y observó que miraba indiferente al niño. Al menos, se había sentado en el sofá frente a ella.

– ¿Es esta su ocupación actual? -le preguntó.

– Es mi única ocupación -contestó Martha lentamente-. Noah es mi hijo -añadió.

– ¿Su hijo? Gilí no me dijo que tuviera un hijo.



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