Gilí tampoco había mencionado que fuera frío como un témpano de hielo, pensó Martha. No podía reprochárselo. Se había hecho con el puesto de editora de Glitz y ahora estaba ansiosa de deshacerse de ella y de mantenerla alejada, para asegurarse de que no trataría de recuperar su antiguo trabajo.

Todo parecía ir de mal en peor. A ese paso no conseguiría ir a San Buenaventura.

– Lo siento, pero creí que Gilí le habría hablado de Noah.

– Tan sólo me dijo que se le daban bien los bebés, que estaba libre los próximos seis meses y que podría partir de inmediato. Y que deseaba ir a San Buenaventura.

– Es cierto. Lo estoy… -Martha fue interrumpida por Noah, que arrojó su sonajero a Lewis y rompió a llorar-. Tranquilo, cariño -lo consoló, mientras recogía el sonajero.

Pero ya era demasiado tarde. El bebé que dormía en un rincón se había despertado y comenzaba a lloriquear.

– ¡Lo que faltaba! -protestó Lewis.

Martha se puso en pie de un salto, tomó a Viola y la meció en sus brazos, hasta que el llanto se transformó en sollozos. Entonces, se sentó de nuevo en el sofá y la puso sobre su regazo.

– Deja que te vea -dijo Martha observando al bebé-. Eres preciosa, ¿lo sabes, verdad?

Martha pensaba que todos los bebés eran adorables, pero Viola era especialmente bonita. Tenía el cabello rubio y ondulado y los ojos azules, con largas pestañas que brillaban humedecidas por las recientes lágrimas derramadas. Sorprendida, no quitaba ojo a Martha, que la miraba sonriente.

– ¿Qué tiempo tiene? -le preguntó a Lewis, mientras hacía cosquillas a Viola provocando sus carcajadas-. Parece de la misma edad que Noah.

Aturdido por la sonrisa cálida del rostro de Martha, Lewis se esforzó en responder:

– Tiene unos ocho meses -dijo después de hacer los cálculos necesarios.

– ¡Como Noah! -exclamó ella.

El niño empezaba a estar celoso por la atención que estaba recibiendo Viola, así que Martha puso a ambos sobre la alfombra. Los bebés se observaron fijamente.



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