– Parecen gemelos, ¿verdad?

– Si olvidamos que una es rubia y el otro moreno -repuso Lewis, dispuesto a no hacer ninguna concesión.

– Bueno, no gemelos idénticos -dijo Martha conciliadoramente-. ¿Cuándo es el cumpleaños de Viola?

– Creo que es el nueve de mayo.

– ¿De verdad? -preguntó Martha sorprendida-. Ese día también es el cumpleaños de Noah. ¡Qué coincidencia! -exclamó, y observó a los bebés, que continuaban sobre el suelo, mirándose desconcertados-. ¡Esto es una señal! -añadió mirando a Lewis.

No parecía impresionado. Martha estaba segura de que él no creía en las casualidades del destino, así que no tenía ningún sentido preguntarle por su signo del horóscopo. Seguramente ni siquiera lo sabría.

– No me ha dicho por qué quiere ir a San Buenaventura -dijo él distraídamente. Se estaba fijando en el modo en que Martha sujetaba a Viola, en cómo sonreía a los dos bebés, en el resplandor que iluminaba su rostro. De repente, pensó que tenía que dejar de fijarse en aquellos detalles. No tenía tiempo para eso.

– ¿Tiene que haber una razón para que alguien quiera pasar seis meses en una isla tropical? -dijo Martha.

Su tono de voz era neutro, pero Lewis tuvo el presentimiento de que escondía algo y frunció el ceño.

– Quiero asegurarme de que la niñera que venga con nosotros sabe en lo que se está metiendo -dijo secamente-. San Buenaventura está aislado, en medio del Océano índico. La ciudad más cercana está a cientos de kilómetros. La isla es muy pequeña y no hay donde ir, salvo unas cuantas islas cercanas que son todavía más pequeñas.

En ese momento, Viola empujó a Noah y éste rompió a llorar. Lewis estaba al límite de su paciencia.

Quizá no había sido una buena idea poner juntos a los bebés. Martha recogió a ambos y los sentó sobre su regazo. Le dio el sonajero a Noah y un osito de peluche a Viola, que rápidamente se lo llevó a la boca.



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