
El subió a la plataforma y enseñó su deslumbrante sonrisa. Colgate, debió de haber pensado el Flaco, pero yo todavía no conocía al flaco que estaba detrás de mí en la fila.
Para ser presidente de los estudiantes debía ser de doce o de trece, después supe que de trece grado, y era alto, casi rubio, de ojos muy claros -un azul ingenuo y desvanecido- y lucía recién bañado, peinado, afeitado, perfumado, levantado y a pesar de la distancia y el calor, tan seguro de sí mismo, cuando para empezar el discurso se presentó como Rafael Morín Rodríguez, presidente de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media del Preuniversitario René O. Reiné y miembro del Comité Municipal de la Juventud. Lo recuerdo a él, al sol que me dejó con dolor de cabeza y eso, y la certeza de que ese muchacho había nacido para ser dirigente: habló muchísimo.
Las puertas del elevador se abrieron con la lentitud de un telón de teatro barato y sólo entonces el teniente Mario Conde comprendió que aquella escena no llevaba gafas de sol. El dolor de cabeza casi había cedido, pero la imagen familiar de Rafael Morín le revolvía recuerdos que creía perdidos en los rincones más obsoletos de su memoria. Al Conde le gustaba recordar, era un recordador de mierda, le decía el Flaco, pero él hubiera preferido otro motivo para la remembranza. Avanzó por el pasillo con más deseos de dormir que de trabajar, y cuando llegó a la oficina del Viejo se ajustó la pistola que estaba a punto de escapársele de la cintura del pantalón.
