de pelo largo, buenas piernas, bien pepilla pero no pepilla loca, para que en la escuela al campo me lavara la ropa y eso y, claro, que no fuera señorita para no estar en ese lío de que si no quería templar y eso, total, yo no la quería para casarme, ojalá que fuera de La Víbora o de Santos Suárez, esas gentes siempre metían tremendospartys, y yo no iba a atrasar para Párraga o Lawton, y lo que teníamos en el barrio no me interesaba, no eran pepillas, ni siquiera eran putas, hasta iban a las fiestas con la madre; hacía falta que mi novia cayera en mi grupo, en la lista había más hembras que varones, casi el doble, saqué la cuenta y tocan a 1,8 por varón, una completa y la otra sin cabeza o sin una teta, me dijo el Conejo, tal vez fuera aquella achinada, pero es del Varona y esa gente ya tiene su guara; y entonces sonó el timbre y se abrieron aquel primero de septiembre de 1972 las puertas del Pre de La Víbora, donde me iban a pasar tantas cosas.

Casi estábamos entusiasmados por entrar en la jaula, lo que hace un primer día de clases: como si no alcanzara el espacio, algunos hasta corrieron -claro, eran algunas- hacia el patio donde unas estacas de madera con un número indicaban dónde debía formar cada grupo. El mío era el cinco y del barrio sólo había caído el Conejo, que venía conmigo desde quinto grado. El patio se llenó, nunca había visto a tanta gente en una misma escuela, de verdad que no, y empecé a mirar a las hembras del grupo, para hacer preselección de candidatas. Mirándolas ni sentía el sol, que estaba del carajo, y entonces cantamos el himno y el director subió a la plataforma que estaba debajo del soportal, a la sombra, y empezó a hablar por el micrófono. Lo primero que hizo fue amenazarnos: las hembras, sayas por debajo de las rodillas y con su franja correspondiente, que para eso con la inscripción se les había dado el papel para comprar el uniforme; varones, el corte de pelo por encima de las orejas, sin patillas ni bigote; hembras,



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