
Casi estábamos entusiasmados por entrar en la jaula, lo que hace un primer día de clases: como si no alcanzara el espacio, algunos hasta corrieron -claro, eran algunas- hacia el patio donde unas estacas de madera con un número indicaban dónde debía formar cada grupo. El mío era el cinco y del barrio sólo había caído el Conejo, que venía conmigo desde quinto grado. El patio se llenó, nunca había visto a tanta gente en una misma escuela, de verdad que no, y empecé a mirar a las hembras del grupo, para hacer preselección de candidatas. Mirándolas ni sentía el sol, que estaba del carajo, y entonces cantamos el himno y el director subió a la plataforma que estaba debajo del soportal, a la sombra, y empezó a hablar por el micrófono. Lo primero que hizo fue amenazarnos: las hembras, sayas por debajo de las rodillas y con su franja correspondiente, que para eso con la inscripción se les había dado el papel para comprar el uniforme; varones, el corte de pelo por encima de las orejas, sin patillas ni bigote; hembras,
