Maruchi, la jefa de despacho del Viejo había abandonado la portería y por la hora calculó que estaría merendando. Tocó el cristal de la puerta, abrió y vio al mayor Antonio Ran-gel detrás de su buró. Escuchaba atentamente lo que alguien le decía por teléfono, mientras la ansiedad le hacía mover el tabaco de un lado a otro de la boca. Con los ojos le indicó al Conde el file que tenía abierto sobre el buró. El teniente cerró la puerta y se sentó frente a su jefe, dispuesto a esperar el fin de la conversación. El mayor movió las cejas, pronunció un escueto entendido, entendido, sí, esta tarde, y colgó.

Entonces miró extrañado la boquilla maltratada de su Davidoff. Había lastimado el tabaco, los tabacos son celosos, solía decir, y seguramente su sabor ya no era el mismo. Fumar y lucir más joven eran sus dos aficiones confesas y a las dos se dedicaba con esmero de artesano. Anunciaba con orgullo sus cincuenta y ocho años de edad, mientras sonreía con su rostro sin arrugas y acariciaba su estómago de fakir, usaba el uniforme ajustado, las canas de las patillas parecían un capricho juvenil y gastaba los fines de sus tardes libres entre la piscina y la cancha de squash, donde también lo acompañaba su tabaco. Y el Conde lo envidiaba profundamente: sabía que a los sesenta años -si llego- sería un viejo artrítico y maniático y por eso envidiaba la lozanía evidente del mayor, el tabaco ni siquiera lo hacía toser, y para colmos dominaba todas las artimañas para ser un buen jefe, muy amable o muy exigente a entera voluntad. El más temible de sus atributos, sin duda, era su voz. La voz es el espejo de su alma, siempre pensaba el Conde cuando asimilaba los matices de tono y gravedad con que el mayor transitaba en sus conversaciones. Pero ahora tenía entre sus manos un Davidoff lastimado y una cuenta pendiente con un subordinado y acudió a una de sus peores combinaciones de voz y tono.



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