
– No voy a discutir contigo lo de esta mañana, pero no te aguanto una más. Antes de conocerte yo no era hipertenso y tú no me vas a matar de un infarto, que para eso hago muchas piscinas y sudo como un salvaje en la cancha. Yo soy tu superior y tú eres un policía, escribe eso en la pared de tu cuarto para que lo sepas hasta cuando estés durmiendo. Y a la próxima te parto los cojones, ¿está bien? Y fíjate la hora, diez y cinco, ¿OK?
El Conde bajó la vista. Se le ocurrían un par de buenos chistes, pero sabía que no era el momento. En realidad, con el Viejo no había momentos, y a pesar de eso él se atrevía con demasiada frecuencia.
– Me dijiste que tu yerno te regaló ese Davidoff, ¿no?
– Sí, una caja de veinticinco por el fin de año. Pero no me cambies el tema, ya te conozco -y volvió a estudiar, como si no entendiera nada, la agonía humosa de su tabaco-. Ya desgracié a éste… Bueno, ahora hablé con el ministro de Industrias. Está muy preocupado con este asunto, lo sentí hasta medio alterado. Dice que Rafael Morín es un cuadro importante en una de las direcciones del Ministerio y que ha trabajado con muchos empresarios extranjeros y quiere evitar un posible escándalo. -Hizo una pausa y chupó de su tabaco-. Aquí está todo lo que tenemos hasta ahora -dijo y empujó el file hacia su subordinado.
El Conde tomó el file entre sus manos, sin abrirlo. Presentía que aquello podía ser una réplica de la caja terrible de Pandora y hubiera preferido no ser él quien debiera liberar los demonios del pasado.
– ¿Por qué me escogiste precisamente a mí para este caso? -preguntó entonces.
El Viejo volvió a chupar de su tabaco. Parecía esperanzado con una imprevisible mejoría del habano, se iba formando una ceniza pálida, pareja, saludable, y él tiraba suavemente, lo justo en cada bocanada para no encabritar el fuego ni maltratar la tripa sensible del puro.
